Hay momentos en los que comprendemos ser seres disociados del cosmos, como aquel planeta desintegrado producto de una portentosa supernova. Sin embargo a veces, aquella abstracción, tan solo nos remite a atmósferas oscuras, túneles sin salida, espirales indestructibles, pero sobre todo a aislamientos infinitos.
En alguno de esos ciclos de penumbra y extravío, tuve la fortuna de encontrar un maravilloso trozo de cristal, en el que logré reflejarme como en el más diáfano de los espejos, y desde ese preciso instante todo cambio, todo se volvió más comprensible, más aceptable… más vivible.
Ese ente luminoso fue “Sobre héroes y tumbas” la magnifica obra del genial Ernesto Sábato, la cual significó mi comprensión milenaria a los misterios que acechaban a mi alma, y solo necesite llegar a las páginas finales del primer capitulo: “El dragón y la princesa”, para que a través de ese párrafo, lograse comprender los designios de mi existencia: “Como si fuera una princesa dragón, un indiscernible monstruo, casto y llameante a la vez, candoroso y repelente al mismo tiempo; como si una purísima niña vestida de comunión tuviese pesadillas de reptil o de murciélago. Y los vientos misteriosos que parecían soplar desde la oscura gruta del dragón-princesa agitaban su alma, la desgarraban, todas sus ideas eran rotas y mezcladas y su cuerpo era estremecido por complejas sensaciones”.
Tan solo un espíritu profundo y sensible, como el de Sábato, había logrado trasmitirme el valor necesario, para no querer huir nunca más de lo que era inevitable, y así poder acercarme a la usanza de observar a mis demonios jugar a la ronda con mi inocencia más infinita. Y es que todo surgió en redor a la imagen de la “Princesa Dragón”, la cual estaba encarnada por uno de los personajes más entrañables de la literatura universal: Alejandra Vidal, una mujer compleja en demasía, de alma tormentosa y recóndita, pero que a su vez se encontraba anhelante de redención y comunicación, para poder abrirse paso de su turbulencia.
Al saber de ella, por primera vez creí en la reencarnación de los espíritus, y me zurré de lo que cualquier psicoanalista -o simple mortal- llamaría alienación, por que tenia la completa seguridad de que aquel personaje ficcional, definitivamente se trataba de mi alterego. Poco a poco el asombro se iba apoderando de mi alma, cuando los fragmentos de aquella notable prosa, me iban entregando más piezas del rompecabezas que significaba mi talante: “Era la expresión profunda y un poco triste del que anhela algo que sabe, por anticipado, que es imposible; un rostro ansioso pero ya de antemano desesperanzado, como si la ansiedad (es decir la esperanza) y la desesperanza pudieran manifestarse a la vez. Y, además con aquella casi imperceptible pero sin embargo violenta expresión de desdén contra algo”.
Como era de esperarse, el imaginario de la Princesa Dragón, se iba completando, y bastaba con conocer al resto de personajes, para envolverme en la fascinación total, de aquellos antihéroes hermosos. Seres de la casta más genuina, como el melancólico y solitario Martín del Castillo (de alma eternamente sensible y autentica) el portentoso y desquiciado Fernando Vidal Olmos, o el idealista y bucólico Bruno Bassán.
Para ciertos seres, los designios siempre se hallan marcados a fuego, y estaba escrito que la Princesa Dragón se encontrase con el candoroso Martín, y para bien o para mal, así fue.
Deslumbrado tal vez por una visión engañosa, o quizás la simple necesidad afectiva -propia de aquellos que reconocen a los signos comunes en el prójimo- es que Martín llego a mi vida, pero siempre de una manera intermitente. Sé que en algún momento intentó comprender los jeroglíficos que se dibujaban en mi alma extraña, pero esto, tan solo le valió haber sido el oponente más desarmado –y derrotado- de una complicidad borrascosa, por que aunque intentase redimir mis momentos más sombríos, siempre el dragón acechante, salía de su gruta, para quemar con furia irracional sus quimeras mas hermosas; pese a que muy dentro mío, la princesa ansiaba que aquél muchacho nostálgico llenase de estrellas a su planeta.
Martín era poseedor de un alma frágil, y nunca mereció las incertidumbres que solo podía brindarle mi condición de Princesa Dragón, y tras esos momentos de desgarro, logré reconocer de inmediato, algunas de sus palabras -y muchos de sus pensamientos- cuando halle un párrafo, que su lectura -de seguro- me hirió mucho más a mi que a él: “En cierto modo estaba sin defensa ¡pero que lejana, que inaccesible que estaba! Intuía que grandes abismos la separaban y que para llegar hasta el centro de ella habría que marchar durante jornadas temibles, entre grietas tenebrosas, por desfiladeros peligrosísimos, al borde de volcanes en erupción, entre llamaradas y tinieblas, Nunca, pensó, nunca”.
Y como era lógico, Martín nunca (hasta ahora) terminó de entender el destino de la Princesa Dragón, y pese a que, el sentimiento (quizás de odio, quizás de amor) aun exista, él, tan solo opto por huir, es decir, por embarcarse en aquel viejo camión, rumbo a la Patagónia, para cerrar por fin el libro.
Pero Sobre héroes y tumbas, no solo es la historia de Alejandra y Martín, pues mi estupor también se hizo presente, tras la lectura de ese capítulo casi aislado que es “Informe sobre ciegos”, magistral relato surrealista, en que la ceguera es la metáfora perfecta de la penumbra y el extravío en la que transitan algunas almas. Y ni que decir de todo el universo existencialista de su autor, que se ve reflejado en atmósferas oscuras, pesimistas y bipolares; en el que confluyen, las ideas más aberrantes de un mundo desgarrador e impío, junto a las sensaciones más hermosas y sencillas del universo.
Sin duda, fueron páginas que fortalecieron mi espíritu, para poder batallar en aquél sistema opresor y corrupto, en esta “Madre Cloaca”, que día a día trata de aniquilarme con sus argucias mas maléficas, y a la que intento combatir, con la sola esperanza de saber, que de ella pueden nacer circunstancias y seres tan maravillosos como Martín del Castillo.
Sobre Héroes y Tumbas es un gran trozo de cristal, que siempre iluminará mi camino, pero sé, que aún existen muchos más dispersos por el cosmos, quizás algún día los una todos, y con ese gran concreto logre convertirme en mejor persona, por lo menos en alguien que deje un poco de lado el lastre de la necedad.
Pero lo que si es seguro, es que desde el preciso instante en que cerré éste libro, de inmediato deje de repeler las toxinas que recorrían mis venas, las cuales amorataban de cuando en cuando a mi endeble corteza, y es que gracias a Sábato el temor nunca volvió a ser el mismo, por que al fin entendí que la princesa siempre estará unida al dragón… siempre… hasta el infinito.