Ella no recordaba más que su vestido de flores raras y sus pequeños zapatos de gamusa, tan toscos y duros como aquella alma que se iba formando dentro de ese extraño vino oscuro de su vestido. Giraba y en redor sólo habían piedras inmoviles, esas que tenian la palabra exacta escrita en su condición austera.
Su vida había sido una constante aplastada entre el presente y el futúro, entre su presente y futuro de dejavus y de sentimientos espirales, pero el destino fue quien la llevo a otear los extremos mas opuestos; unas de cal otras de arena.
En la parte superior izquierda de su alma, se había desarrollado con argucia, una terrible habilidad para la manipulación, un sendero iluminado tan solo por las reglas del destino, al que ella se lanzaba como a una madre buena que recibe a su hijo que escapa de las llamas
y entonces ella lo sabía, a lo único que podía abandonarse realmente, era a su destino.