Ya desde que escribía sin acentos y la uve se me reflejaba más estilizada que la be barrigona, mi caligrafía se había convertido en el bocadillo especial para algún perito en grafología.
A la par que desechaba por a borda, las recomendaciones del tal Palmer, mientras que mi atrofiada memoria no podía convivir con las reglas de ortografía.
Las niñas son tan fieles a sus vestidos, como lo son a la idea escandalosa de querer crecer rápido. Las infantas y los zapatos de charol, son casi una dualidad tan forzosa como hablar de pan y mantequilla.
En mi caso, overoles y botines de gamuza, rellenaban los pequeños cajones de un armario que sin parafina ni marcos rosados desde ya, empezaban a contar su propia historia.
Jamás pensé en aprender para vivir, mi anhelo siempre fue vivir para aprender. Sería por ello que emprendí una aventura de seis años , tan solo para palpar de cerca el oficio más imposible, y aunque pese a que dejé la mitad de mi vida emocional y física en esas instancias, debo decir que fueron los mejores años de mi vida.
Siempre me olvido de las fechas importantes, y nunca trato de ser mejor en mis cumpleaños. Jamas reconozco los esfuerzos por entenderme, ni agradezco el cariño manifestado. Nunca aprendí a abrazar, ni a responder a la pregunta ¿cómo estas? y prefiero reír a sonreír, porque las risas nunca vienen desde adentro.
Los elogios me incomodan y las arcadas se asoman frente a los piropos manidos. He repelido las frases y lugares comunes, aunque vengan cargadas de buenas intenciones, por ende, el único halago que recuerde, es aquél que solo puede ser descifrado dentro de mi memoria.
Estoy bien con todo lo que para el resto es estar mal, deseo lo anormal y demasiado singular.
Sin embargo, tengo pleno entendimiento que lo particular siempre posee un halo de carácter raro y lo raro, colinda tan cercano a la locura, que siempre tiende a espantar, pero tengo por seguro que nada importa más
mientras esta mi locura, sea singular.