En esos dolores hermosos -como recuerdo aquellos instantes- es cuando el corazón se me hace chiquito. Y empieza una danza funebre entre sistole y diastole, ellos juegan a volverse uno, y se contrae mi armatoste, se entumese con tanto vigor que lacera la epidermis, y es ahi donde empieza el baño de purificación, porque sólo la sangre es capaz de llevarse las perversidades que recorren mis venas.
Pero lo que el corazón provoca, el cerebro se encarga de vengarlo y despues de los rituales, de aquella fiesta oscura donde sacrifico la cubierta, es que llegan los lamentos. El reflejo es certero, y de escombros sólo hallo maculas postreras, cicatrises confundidas, horificios miedosos que debes en cuando cobijan a una que otra lagrima, esos trozos de acido fulminante, que solo aparecen para terminar de desfigurarlo todo.
Y de pronto, ese reloj de arena petrificado me vuelve a sangrar, y recuerda los instantes que no fue, y peor aún, ahora si seran, pero con la marca de cain notoria, para que todo viajante pose sus ojos sobre ella, para que las flores de primavera se eleven presuntuosas, y para que los pocos ojos negros que un día la acompañaron, ahora cientan repudio del poder pernisioso de su corazón-cerebro.